lunes, 30 de junio de 2008

Cierto que una tiene la desgracia de no interesarle el fútbol más que a título antropológico, pero es que hoy no salgo de mi asombro. ¿Quién ha puesto este pie de foto?
Esa "pared blanca" del pie de foto (y la foto misma) no ha parado de rondarme en toda la mañana. No salgo de la contradicción, realmente "molesta" (oh, la frivolidad), en que me instala. He recordado aquel excelente documental que hace años vimos (cuando creo que todavía los Verdi no eran los Verdi) y que tanto perseguiste desde que lo vieras en ¿París? ¿Bradford? ¿aquel campo de trabajo en Italia? (¿cuántas fichas hemos movido en el mapa desde entonces, dear Miss Fog?).
Promises (2002) era el viaje de Goldberg por los asentamientos del West Bank y los barrios de Jerusalén. Entonces creo que pensaba que había algo positivo en esa despreocupación que algunos de los chavales entrevistados mostraban, o al menos esa esperanza era mayor que la inquetud funesta y la desesperanza que nos produce constatar que la violencia está instalada en el corazón de la cotidianidad. Esa forma de invisibilidad del conflicto que lo enquista (¿o es acaso una forma de empezar a trascendenrlo?. Cielos, me estoy volviendo loca..) No sé qué más es, aparte de una de las formas de superviviencia, de convivencia con el horror.
Quizá ése es el motivo por el que me gustan y me disgustan las películas de Amos Gitai (la última Free Zone).
Y ahora, no sé por qué, recuerdo vívidamente la excelente Broken Wings, que vi una tarde cualquiera en Ginebra, mientras fuera nevaba sin parar y yo me mecía en algo parecido a ese (¿falso?) "estado apacible" que el extranjero nos trae. Más de lo mismo.

domingo, 29 de junio de 2008

Un reguero de palabras enfila el cielo, vagamente atraviesan el horizonte. Están cansadas. Por la carretera vacía el sol prende, con sus brillos metálicos, el silencio y una malla de luz cierra el paisaje. La vanidad o el pudor. O ninguno de los dos. Saber que nuestra fragilidad puede pesar a los otros. Aquello que nos haría preferir callar a confesar(nos) que apenas nos separa un milímetro del dolor de los demás, pero que un milímetro puede ser a veces un desierto pedregoso o un páramo. La árida distancia que separa la comprensión de su contrario, el gesto que signa la comunicación o su fracaso. Preferiríamos callar a hablar-y-vivir con la duda de si las palabras, lo afectos, llegan, tienen lugar, sentido. Ese miedo que reconocemos en los ojos de los otros, no te vayas, nuestros ojos, querer, temer perder lo que amamos, no saber reconocerlo, darle espacio.
Y sin embargo, nos quedamos en esa esquina, hablando, hablando, nunca hemos parado de hablar. Nada de grandes interioridades, pisar, pasar, como en el paisaje, sobre las superficies.

sábado, 28 de junio de 2008

Somos tan de ahora

Releo por tercera vez en las últimas semanas a Fernández Mallo mientras escucho mezcladas canciones de los Bright Eyes y los Modest Mouse. Un divertido juego de espejos y duplicaciones entre la página y la música: sobre la red de destinos cruzados, de imágenes pasando a la velocidad de la luz en un mapa desestructurado del mundo, los ritmos marcados de las guitarras, "the world at large", una superficie difuminada de pantallas, la nieve en los parques, el abandono en las calles. Me rindo al afterpop y a la poesía postpoética, la narrativa del transhumanismo. Releo a Fernández Porta. Somos tan de ahora. Atravieso el pasillo y es como cruzar dos océanos y volver, entre una pared de nubes y otra de atardeceres, los porches de Massachusetts, Canadá mezclado con Berlín con el Matterhorn, mapas viejos y nuevos, las faldas de los Alpes y las Tre Cime di Lavaredo, la enrosadira, la colección de diccionarios, los reflejos del Thamesis, las arquitecturas de cristal. Nuestra segunda piel, la ropa girando en el tambor de la lavadora, una Vespa trazando azares por la ciudad, la letanía sin fin del iPod, sonando desde Madrid a Abu Dhabi, en una continuo lleno de saltos, vacíos, el globo terráqueo en la noche emitiendo destellos, cercenado de oscuridades. Ahí están nuestros paisajes de la experiencia. "Comprueba el correo. Tiene un mensaje de sus padres, que si todo va bien, etcétera. Enciende la tele y baja el volumen a cero, le gusta ver pasar esas imágenes mudas, como en una ventanilla de un tren. Desenvuelve uno de los pescados y el resto los congela. (...) De cuando en cuando alza la vista y se detiene en la pantalla sin voz, publicidad de neumáticos, imágenes de los marines de Irak, un anuncio de la reposición de La mujer biónica, que siempre se la pierde. Después se sienta delante del ordenador (...) Entonces piensa que tampoco nadie sabe dónde se ubica la exacta frontera entre Rusia y Alaska." (Nocilla experience). Somos tan de ahora, metidos en ese tiers paysage (Clément), nuestra cotidiana red de artefactos, turberas y yermas extensiones de un caos sin escala.
Por si las dudas, vuelvo a Muñoz Molina (El viento de la luna), y pienso que sí, que quizás hay una simetría perfecta (y opuesta) entre la melancolía de aquella generación y la de la nuestra, los hijos de las capitales globales: sin lugar al que poder huir, sin lugar al que poder volver. Sin origen, sin extranjero. Quizá porque uno no tiene la sensación de estar yéndose especialmente a otra parte cuando viaja desde N.Y, Londres, Tokio a Barcelona o París. En aquellos imaginarios de la huida quizás había una narrativa de cambio o de progreso. En nuestros difusos y cambiantes imaginarios, hay un flotar en ninguna parte, una, quizá forzosamente, desperdigada memoria. O quizá es sólo que nos hemos creído, antes de tiempo, muy posmodernos. Frente al viaje de vuelta de Salvatore en Cinema Paradiso, el viaje de ¿ida? de Charlotte en Lost in translation. Y acaso una sensación de culpa por algo que no terminamos de entender. O acaso sea sólo desapego. Pero no, hay un abrazo entre dos calles, un beso en la multitud, un compartir la desorientación, el pie desnudo y la mirada planeando sobre la ciudad, a lo lejos.
No lo sé. Después de todo, ¿cuál se supone que es nuestro "principio de esperanza"?

viernes, 27 de junio de 2008

Greg me llena de ternura la mañana con su diagnóstico certero. Mientras Lucía dibuja recovecos en la piel, el bostezo de Garfield aflora en caminos cegados. Será una sincronía del reloj de las almas y esas cosas, como la pequeña de Grace is gone con su minuto feliz. "To all of you" me resucita. Es más, me tapiza de ilusiones este sendero en que me embarro. Las carreteras de California, "driving a car by the seaside", ahora que todo vuelve a arder. Compro cuatro billetes de avión en diez minutos. De paso, me deleito con el clip de "Everything else". Un Syd Matters disfrazado, eternamente deseable, la casa de tejado reluciente, voladora y nublada, nefelibata, a lomos del pájaro blanco, en el claro de bosque entre centauros. Sueño ya con el ascenso al Ben Nevis, que me espera a mitad del verano. Planeo sobre el mapa, andando con los dedos por las tierras altas. Bajo hasta la bahía de Cardigan, resuena una melodía gaélica, en la isla de las mareas, Ynis Enlli. Desde Aberdaron subo hcia el mar de las Hébridas. Inse Gall. Me sumerjo en las agua gélidas, escruto la depresión tectónica y salgo a superficie, en un paisaje de gneis y grandes columnas de rocas basálticas. Vuelve a sonar "Icare". Absorbo la humedad del ambiente y cruzo lo dedos para poneros a salvo.

jueves, 26 de junio de 2008

Los caminos de la piel

En los claroscuros de la piel cobija el amor sus secretos. Nos guarda de saber lo que, sin embargo, el deseo nos prodiga. Si pudiéramos apagar el mundo, si amar fuera un presente que no supiera del recuerdo, que olvidase lo que habita al otro lado de los cuerpos. Si respirar no cansara, si en la incierta materia que gobierna los destinos halláramos la palabra, la forma. Si la vida nos ungiera con la tibia desmemoria, si fuésemos capaces de olvidar hasta que recordar ya no doliera, entonces, sólo entonces, acaso, recordarámos.
Mientras, seguiremos olvidando al amparo de las sombras, de los sueños, con esa laceración que nos causa sabernos otros, sabernos separados. ¿Cuánto puede durar la debilidad? ¿Cuánto la resistencia? "Soñamos soledad y la soñamos siempre contra alguien, para demostrar algo." (Gopegui) Si supiéramos cómo armar la adecuada pregunta, con qué aplomo estar más allá de lo que llega, y pronunciar los nombres de las cosas. Si pudiéramos, claro, si supiéramos, tal vez, no estaríamos viviendo.

miércoles, 25 de junio de 2008

Los silencios de la piel

A la hora de los estorninos, siento el latido de las palabras en el cuello, como un nudo de tiempo, una línea de luz que se abre tras la palpitación oscura. Su multiplicada presencia ciñe el final de la tarde. Es una alucinación que llega cual vaharada de voces y gestos, lamentos de la memoria.
Es la red de palabras que nos sostiene la existencia, la medida de un deseo aplazado. Palabras aventadas, salvadas del légamo de los días. Palabras amarteladas, obstinadas, aherrojadas. Palabras naciendo de la entraña del mundo, que llegan y nos desnudan.
El silencio, al contrario, nos cubre, honra con su precisión ardiente lo que los cuerpos ofrendan, ruborosos, retráctiles. Silencio que cuida y vela, con su prudente cercanía, con el lenitivo de su medida distancia. La piel lo sabe, acepta ese silencio, agradecida. Por respeto a lo que hay, a lo que los cuerpos anuncian, es mejor callar. Callar con ese silencio que reconoce y honra, disolviendo palabras que hieren, que humillan. Hay un silencio que besa a los otros en lo que son, que los acoge en su desvalimiento. Un silencio que enmienda el desatino de las palabras, su torpe arrogancia.

Los misterios de la piel

Hay veces que es imposible deshacer la distancia que separa dos cuerpos, trabar una cercanía que invoque presencias, por más que algo haya hilvanado antes, con el hilo común del entendimiento, los destinos, los caminos o el aliento compartido de la noche.
En la palabra que nos falta se aloja la ausencia de ese cuerpo cuya piel se nos antoja océano, estepa, manantial lejano de alguna evidencia que nos contrista. Es un vacío que no halla sutura, una separación que nos instala en la inquietud. Intactos, privados de la piel, dejamos de sentir la nervadura que nos conforma, la trama de nuestra fragilidad, el paisaje de las palabras comunes. Desposeídos de esta piel, el mutismo destila una soledad afligida, apenas un sollozo. Es la manera en que los cuerpos se convocan y arrojan sobre sí, sobre el otro, un redondel de sombra que oscurece la piel, y es, en verdad, la espesura de un silencio que acerca, oculta, desvela. Une y contiene.
Acaso aquello que sólo puede ser entrevisto en una oscuridad remota, parecida al lenguaje de los sueños, es lo que roza el misterio de la piel, y entiende lo que las caricias nos traen con su aguacero de palabras. Aquello que al ser tocado por la luz se diluye, un rumor de deseo. No hay comprensión que no pase por la piel, cercanía que no convoque sus misterios, que no contenga la punzada, la palabra.
Vivo instalada en un impresionismo del que alegremente dependo. Cae la noche sobre las terrazas de Argumosa, y la algarabía atraviesa, como una rayo, el rectángulo de sombras que ocupo. El ladrido de un perro se mezcla con el llanto de un niño. Resuena a lo lejos una armónica, viene de Novorossisk. En el supermercado un anciano se mira desconcertado en el espejo corrido de la entrada, y siento la fría piel de la soledad tocando mis hombros. Espero la palabra que no llega, que nunca llega. Una corriente de afecto surca el cielo, como una escalofrío. El escepticismo, que nos pesa en las manos, y ese revuelo de pájaros en el corazón, esa desbandada. Time passes by, "while you were sleeping", canta Elvis Perkins. Todos dormíais, cuando llegó el tiempo de las cometas varadas y los besos se hicieron arena. Llueve el olvido sobre las marquesinas, y ya sólo yo espero, la palabra, la palabra que pasa de largo. En el espacio de una renuncia perdimos algunos sueños. Roja, la noche es roja desfilando hacia la mañana, se agosta. Y ese último gemido que apenas se escucha.
¿O será la "nocillización" de la experiencia?

lunes, 23 de junio de 2008

Mando a Lucía al rescate de Deza, que huyó cabizbajo camino de la Mancha. Los campos están abrasados, la carretera llena de espejismos. No le encuentro. Hago señales de humo, y por fin, se deja ver. Ha trastocado las estaciones, se cobija en la serranía de Cuenca, en un diciembre impostado, entre el rojo de las mimbreras, a orillas del rio Trabaque y sus fértiles vegas. No en vano aquel era el paisaje de Prim. Volvemos a las andadas. Me cuesta distinguirle (¿dije "me"?) en la perpetua ondulación rojiza, viejo camaleón. Despliego el equipo de salvamento y, cacharritos en ristre, le enchufo en el tálamo el "Viva la vida" de Coldplay. Modo repeat, ad infinitum. En seguida responde al tratamiento de choque de los violines. Esboza una media sonrisa. Juguetea un rato con los flecos sueltos, pero en cuanto se descuida le cierro la boca con el cargamento de chocolate que he traído. Tenemos provisiones para pasar un invierno nuclear. Nos quedamos escondidos en las mimbreras, disfrutando del aire bondadoso de diciembre. Enteramente parecemos Calvin y Hobbes: “It’s a magical world, Hobbes, olbuddy... Let’s go exploring!”. Si Watterson levantara la cabeza.

domingo, 22 de junio de 2008

Ahora que Deza no mira...

De vuelta a casa, por fin se ha levantado algo de aire. El sonido de los pasos retumbando en las calles vacías suena hermoso, como si andar así, cuando ya es tarde, nos liberara de alguna carga que tan sólo intuimos. Apenas andar, despacio, en la noche, sin pensar lo que nos espera o el esfuerzo del último paso. Cuatro pies, desaparacer, al fin, en la primera y última piel.
En medio de la diáspora cotidiana, algunos oasis. Entre viaje y viaje, espero. Entre viaje y viaje, la familia pasa por Madrid, trayendo recuerdos de todos esos sitios que tanto y tanto añoro, valles alpinos en los que no entra casi la luz y aún por la tarde las nubes siguen muy bajas, donde la vida se remansa y el olvido es benigno. No porque huyamos, sino porque elegimos estar, quedarnos. Me pierdo en los paisajes de sus historias, el roquedo de Montségur, los desfiladeros de la costa atlántica, las reforestaciones de las laderas (esas líneas tan marcadas de hayas y pinos). Añoro Flims, la lluvia fina en pleno julio. Cuando sea mayor perseguiré el invierno de hemisferio en hemisferio. Mientras, en las caras, el tiempo va pasando. En las pieles morenas reposan mil alegrías, en sus miradas, un cariño desbordante que acaso no sé dónde poner. Dudamos y al final no sabemos cómo medir nuestra presencia en el mundo. La cercanía nos quema, la distancia que debería resguardarnos, nos encierra, nos congela. La tarde trae un aire caliente que duerme los campos y lo anestesia todo. Las nubes se han esfumado, el sol quema el cielo dejando una final capa de plata que reverbera. Miro hacia otra parte. Poco a poco, me invade la pena, la culpa, esa oscilación en un arco de sentimientos inútiles, heredados. Todo está en su sitio y sin embargo, lo que hubiéramos podido elegir nos desborda. La tarde se cierra con una melancolía lenta y pesada, plomiza.