lunes, 11 de febrero de 2008

Una de romanticismo pirenaico, a lunes por la mañana, con nuestro querido conde Rusell, que tanto fatigó el mundo y vino al fin a amadirgarse en los interfluvios de Monte Perdido:
"Tenía la nostalgia de los mares y de los desiertos, de los cedros y de las palmeras, de las estepas de Mongolia y de los trópicos. ¿Qué puede significar, para los que han escuchado el viento y las tormentas en las montañas y los bosques de América y Asia, el vulgar y monótono ruido de las pesadas carrozas que conducen los hombres entre la niebla de las capitales, con sus lujos, sus vicios y sus problemas? Me parecía volver a ver las soporíferas llanuras de la India y los impresionantes montes que defienden la cuna de sus ríos, Siberia con sus dos mil leguas de nieve y abetos, y el glacial Gobi, cuyos horribles desiertos, con su miseria infinita, sin embargo, ¡habían hecho vibrar mi corazón!". Recuerdos de un montañero. Por dios... ¿quién se ha llevado mi queso?