viernes, 28 de diciembre de 2007

Volver

Es una pena que uno no pueda viajar con su biblioteca a cuestas. Si no, ningún exilio sería tal, no se consumaría nunca del todo. Con los libros pasa como con las mascotas, que no suelen decepcionar. Lo malo de los seres humanos es que somos eso, humanos, una fuente inagotable de decepción. Será porque el resto nos importa un comino, y no hay forma de depositar esperanzas, afectos y deseos más que en esas cosas de carne y hueso llamadas personas, lugares. En fin, volver.... esa mezcla de globo naranja, libros-casa y renovado escepticismo. Tenemos el día proustianio, qué le vamos a hacer. Como dice el señorito Millas hoy: "Los momentos comienzan a ser un problema cuando llegan. Las aspiraciones cumplidas incluyen, sin excepción, una glándula liberadora de hiel. Y no se vive de ellas. Se vive de las promesas, de las vísperas, de los proyectos." En fin, ya será para menos.


miércoles, 26 de diciembre de 2007

Wanderlust

"Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría ese prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc de unos cascos herrados en el pavimento producen el viejo estremecimiento, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que se trata de una cosa incurable. Expongo esto no para instruir a otros sino para informarme yo mismo." John Steinbeck, Viajes con Charley.
Miro pacientemente cómo pasan los minutos en el reloj, las 7:54AM, hora de California. Dormito, añoro, me desvelo, me rindo al cansancio, consigo dormir, sueño, y en los sueños irrumpe la presencia del mar, me envuelve el recuerdo, el traqueteo de un coche, la sequedad del desierto. Dormito y me despierto, busco el sol, vuelvo a añorar. En el reloj sigue pasando la hora de California, también en mi cuerpo. Y probablemente antes que en ellos, en mi voluntad, en la terca manía de habitar más allá de donde se encuentra uno.
Y luego está este paso de oca por la superficie del frío que tiñe de un gris azulenco el blanco del horizonte, la ciudad. Luego está, sí, la desafección, la pereza por las cosas de siempre, el paso rojo de los autobuses, el tren del sur.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Campo base (o más de lo mismo)

Quizá los viajes de vuelta no tienen víspera, sino luto o más bien impaciencia, inconstancia, desconcierto, esa curiosa ansiedad de todos los estados intermedios que, para variar, vienen cargados de preguntas. No, uno no vuelve más sabio y mejor, sino con más extravíos, con menos soluciones a mano, con la confusa sensación de haber buscado, acaso, donde no era, urgardo donde no debía. Basta con plantear las preguntas de manera incorrecta para que éstas se ensanchen falsamente, parezcan no tener respuesta. Lo que vamos buscando en los ires y venires es lo suficientemente prosaico y concreto, para que la pregunta, planteada de manera abstracta, sea una trampa, retórica, pasatiempo, mise en abîme.
Pero vayamos al campo base: el lugar donde, a pesar de las correrías, las inconstancias espaciales y otras cesuras geográficas, depositamos nuestros afectos, lo que importa, el valor de las cosas que nos definen, las razones para hacer altos en el camino y encontrarse. Quizá el movimiento es incompatible con según qué grados o formas de compromiso, o beneficia la superficialidad en detrimento de las constancias o consistencias de ciertos "estares". Aunque ni siquiera sería eso lo más importante, si no saber por qué moverse, qué está detrás de todo este embrollo.
"Cada yo cotidiano encierra un dilema, una decisión heroica y una tragedia, aunque esta realidad quede en la mayor parte de los casos velada por el sereno cumplimiento del deber y la ausencia de emoción inherente a la normalidad ética." (J. Gomá Lanzón en su Aquiles en el Gineceo).
Probablemente hay una resistencia (que ciertamente forma parte de una visión estética --más que de un "estadio"-- de la vida) a integrarse, a fundirse en el núcelo de la normalidad, en el magma insustancial de los quehaceres y los días. El viaje nos proporciona la excusa, el estado de excepcionalidad, la patente de corso, permite una forma de inquietud sostenida.
Habla Gomá del "injusto desprestigio de la normalidad ética" que el romanticismo, con su defensa de la autenticidad y la unicidad, del genio, habría conllevado. A pesar de su dura reprimenda a los diletantes y otros perpetuadores de la estética del yo, puede deducirse cómo habrían de integrarse, a pesar de todo y de manera disonante, los momentos de excepcionalidad del yo en ese discurso total de lo que normalmente somos (esto es, lo que somos en la normalidad). Podría aducirse que tan pronto como la identidad (o la carga de nuestra narración) se instala en esa otra zona de fractura o de fricción, la distinción entre la normalidad y la excepcionalidad se torna irrelevante, improbable. Sin embargo, en primer lugar, no es este tipo de normalidad ética de la que se trata, sino la socialmente sancionada, la de esa corriente (de lo común que nos concierne, la polis) que nos arrastra con sus tiempos y sus exigencias. En segundo lugar, no es cierto que la tarea sea integrar momentos excepcionales en una corriente más ancha, sino que, al contrario, nuestras aventuras, los huracanes de un yo que fatiga los caminos en libertad, (nos) son tan constitutivas como los momentos de normalidad.
Sea como sea, nos toca ser héroes del día a día y bregar con nuestras disonancias. Y hasta los héroes hacen trampas, ¿o es que acaso no se disfrazaba Ulises? Vivimos con esa tensión entre un yo que se desea único, y poéticamente nacido para la aventura, y una comunidad que nos recuerda que de todas formas habremos de aceptar plena y alegremente que somos mortales y prosaicamente sustituibles. Así que, de momento, sólo un hasta luego a mi cielo con cables y nubes rayadas. Nos vemos en el próximo viaje.

martes, 18 de diciembre de 2007

Las maletas de Diógenes

El primer asalto al caos concienzudamente acumulado deja un resultado desolador, francamente. Ni idea de qué posibilidades me quedan a estas alturas de jugar al Tetris con el espacio, bastante es ya que hago lo propio con el tiempo, y, la verdad, "pa habernos matao", como siempre. Ingenua de mí, creí en un primer momento que el balance al menos sería algo equilibrado.

Pero no. El lado de los papelotes ha crecido mucho en los últimos momentos, aunque no tanto, ni tan exponencialmente, desde luego, como la columna de ensayos geográficos varios y otras insensateces que he devorado con autentico desconcierto estos últimos meses.

Ciertamente, esto tiene muy poco glamour, vamos, ninguno para ser exactos. Lo cual quiere decir que es bastante aproximado, la vida misma. Básicamente, guarrería en los bolsillos y una composición sin encuadre alguno, porque la mayoría de las veces, cuando uno mete la mano en los susodichos bolsillos, no se encuentra ese recuerdo sublime que desencadena la epifanía, no, sino una versión más modesta, ajustada y terriblemente veraz de lo que somos o nos constituye: pañuelos usados y tirando ya a viejos, anécdota menuda, alegre desatino, piltrafilla entrañable de la que es inhumano deshacerse.

El caso es que la pila de ficción (I y II) le va a la zaga a la columna de lo pretendidamente serio, aunque se queda muy atrás, dónde va a parar. Cosa rara, no obstante, porque habitualmente es la que arrasa con diferencia, que ya nos conocemos. En fin, ¡con lo que servidora ha sido!

Esto, en el lado de los haberes. En el lado de los deberes, todavía la cifra es traumática, así que toca emprender caminito de vuelta a la biblioteca. Y eso, por no hablar de la pila de los mapas, guías, recuerdos de lugares fatigados, y demás marabunta espaciosa. Totalmente insensato.

Así que son horas absurdas, más que raras. Este revoltijo de Watts con Compton, de la historia de los riots del 65 y del 92, y más libros de M. Davis, de querer leer en el espacio algo, y pensar si acaso ese "algo" que uno busca mientras desfila por las calles semidesiertas y persistentemente soleadas del sur de L.A., igual no es tal. O peor, es parte de la inquietud escéptica, ansiosa, con que el turista mira el desperfecto, las marcas de una violencia que es, sin emargo, invisible. Quedan tres niñas de piel muy oscura sobre el capó de un coche viejo, las plantaciones y los viveros debajo de las torretas de alta tensión, extendiéndose a lo largo de kilómetros, cuando los barrios empiezan o acaban. La valla que acota, el tren que cercena las calles, las autopistas que encierran y dividen, y nada contienen.
Queda este revoltijo de avenidas y luces, el café que emborrona los mapas, y el frío que me espera, que aguardo. Quedan las tardes con sus preguntas, cuando la vida no se revela o se esconde, y sus habitantes no atienden a razones, no las dan o no las tienen, acaso. Queda la tarea de seguir comprendiendo por qué vamos y venimos, por qué nos movemos, qué diantres buscamos, qué se nos ha perdido allá, o más allá todavía, si es que se nos ha perdido algo y no es más bien lo contrario, nosotros perdiéndonos la pista allá lejos, empezando las búsquedas por el final.
Queda, en fin, saber si volvemos con razones o con excusas.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Desde la playa de la península de Coronado, en la bahía de San Diego, me dice adios el Pacífico. No, yo no me despido del mundo, sólo es que da vueltas, y a ratos, toca acariciar la sombra. Y ya pronto llega el solsticio de invierno, así que volaré cuando el eje de la tierra le esté dando su inclinada espalda al sol. Eso, o cambiar de hemisferio.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Es cierto que casi no encontramos nieve, pues el sol castiga las laderas y en una semana las seca, las despuebla. Y así las hemos ido recorriendo hoy, esa tierra quemada que ya es mi hogar. Pero, por supuesto, no nos íbamos a ir con la manos vacías. De modo que trepamos a lo alto, huellas largas y hondas, y, mientras, hemos ido dando, poco a poco, la vuelta al globo en cada palabra, en una felicidad que ha sido blanca a la mañana -como Alaska-, amarilla y ocre a la tarde -como el otoño de los bosques canadienses-. Y a la vuelta: el valle, nuestras vidas teñidas de azul, naranja y rojo. Un soplo en el corazón. ¿Y para esto, hay cura para esto?

sábado, 15 de diciembre de 2007

El mundo se va cerrando sobre mí, en ese pequeño hueco por el que aún consigo ver el sol de este verano frío, sedoso, querible. Y según se va cerrado el tiempo, los momentos se hacen nostalgia, brillan un segundo y se apagan, se van yendo lejos mientras todavía puedo tocarlos. Ya había olvidado lo que era decir adiós a un lugar, el sabor de las últimas horas. Hemos matado la noche, hemos ardido de sueños y planes, queda saber cómo sobreponernos al día, cómo saldrá adelante la vida. Sin pensarlo mucho, imagino.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Momentos

No se puede ir por esta vida sin un trípode, está claro, porque si no, la luna te baila, se mueve, dibuja querencias, deseos de otros planetas. Hace falta un apoyo, el paso lento de otros, confiar, dejarse descansar en la quietud de los astros. Empiezan a abrirse las grietas, un brillo de fiebre en los ojos, niebla en el cuerpo, y de repente, se hace un grumo, un remolino, una pompa en medio de un tiempo calmo, liso, extendido como un reflejo en el mar. El momento surge y la foto nos sale movida. Supongo que los momentos son al tiempo lo que los lugares al espacio. Un mapa no vale nada si no sabemos usarlo, si no se sitúa entre el cuerpo y el mundo, si no se llena de experiencia, de banderitas rojas que evocan los pasos, los momentos, los lugares. La luna bajando por Hilgard St., la primera visión del Pacífico en Venice, los pelícanos en su vuelo raso los domingos. Los momentos nos tienen, sí, no los tenemos nosotros a ellos. Pero como en todo, se puede hacer trampas, chascar los dedos, toquetear. Yo dejo miguitas. En los bolsillos de los abrigos me olvido aposta restos de los momentos, para que me ayuden a sobrellevar la vida diaria, esta víspera que no acaba. Así que ayer, cuando el frío apretaba sobre los libros y la noche azotaba, cansada, metí la mano en el bolsillo. Toqué un trozo de papel algo rugoso, una tarjeta doblada. Dudé, fruncí el ceño, lo saqué, miré.
"Cedar Lodge. 9966 Higway 140. El Portal, CA 95318". Sonreí. En un insantante, el otoño brotó en mi mano, la carretera serpenteó por mi mente, el valle se hizo profundo, tupido, angosto. Entró como un huracán el recuerdo de Yosemite, el sonido del río y las hojas cuajando en el suelo, el claror de la noche. Epifanías.
Después, volví a guardar la tarjeta en el bolsillo. Bástele a cada día su afán.

domingo, 9 de diciembre de 2007

"Hasta cortar los propios defectos puede ser peligroso -nunca se sabe cuál es el defecto que sustenta nuestro equilibrio interno." Tres hurras por Clarice, y el vicio como salvoconduto.