
Es cierto que casi no encontramos nieve, pues el sol castiga las laderas y en una semana las seca, las
despuebla. Y así las hemos ido recorriendo hoy, esa tierra quemada que ya es mi hogar. Pero, por supuesto, no nos íbamos a ir con la manos vacías. De modo que trepamos a lo alto, huellas largas y hondas, y, mientras, hemos ido dando, poco a poco, la vuelta al globo en cada palabra, en una felicidad que ha sido blanca a la mañana -como
Alaska-, amarilla y ocre a la tarde -como el otoño de los bosques canadienses-. Y a la vuelta: el valle, nuestras vidas teñidas de azul, naranja y rojo. Un soplo en el corazón. ¿Y para esto, hay cura para esto?