De vuelta el viernes a my-beloved-Albyon, encontré los campos del norte encharcados y los caminos embarrados. Pesqué dos arcoiris desde el tren y el sonido embravecido del mar rompiendo en la costa, mucha resaca. Como la mía, que me subí en un National Express en vez de en un Cross Country y acabé de patitas en la calle, bajo la lluvia persistente, en el apeadero de Berwick, comiendo gajos de naranja con un tipo muy salado al que le habían echado también por poner la bici donde no procedía. El susodicho Mathew, que lucía muy orgulloso el casco de su bici, resultó ser uno de esos tipos encantados de todo en general, de la vida, de haberse conocido, de conocer a los demás y de comer gajos de naranja bajo la lluvia con la loca de la pradera de turno. No hay nada en esta vida que me guste más que sentarme en el suelo. O, mejor aún, esperar tirada por lo suelos a que pasen cosas, que llegue un tren, que salga un avión, que se abra un semáforo, que avance la cola, etc. Motivo por el cual prefiero las mochilas a las maletas. Motivo por el cual prefiero los amigos a las familias, los compañeros a las parejas, los cruces a los encuentros. La espera es un estado ideal para el tipo de impresentables como yo que aspiramos a no tener que participar demasiado en los serios protocolos de la vida, esos que llevan a la gente a formar familias, adquirir compromisos, querer lo conocido, lo malo conocido y no lo malo por conocer, etc. Más Into the wild. (Y entonces es cuando D. me mira con cara de bondadosa ternura diciendo: "Sabes que en unos años todo habrá acabado"). Sí, pero bueno, me apetecía recordarlo, dejar espacio a la inmadurez que forma nuestra madurez, etc.
Anyway, días graciosos en Madrid: me olvidé las llaves de casa aquí, y con las llaves de casa de D. encerradas en la mía, absurdo llegar a Segovia para rescatar otro par. Dormí en casa de C. y después me fui directa a achuchar a Pequeña y a dormir con los sapos, grillos y lombrices que habitan la buhardilla de casa de mi hermano, el parque temático de nuestra infancia. Me dio la vida pescar al vuelo a M., justo cuando todavía los efectos del viaje estaban allí, en ese estar "a flor de piel" que resucita de pronto el brillo del mundo. Esa expectación, sí, el ver lo que pasa, lo que va a pasar, lo siguiente, esa constante experimentación en la forma de relacionarse con el mundo. Yep. Espero que te dure el efecto todavía un poco, y que no se pierdan las razones...
Y en fin, para qué hablar de esa tierra neblinosa llamada Getafe, si no es por mencionar el feliz hecho de que J. me salvó la vida, twice, en el espacio de tres días. Después de tres años, por fin le he cogido el punto, está claro que no hay diferencia que no pueda superarse con humor (ni con un buena juerga soriana... ¡lo que no haga Soria por el mundo!), así que va camino de convertirse en buen amigo, entre bromas y seriedades, entre Junior y demás excursiones (¡mira que ha crecido!). Siempre he admirado a la gente de palabra, pero no los de palabra de "Sí, sí, maravilloso" y luego nada (claro, uno suele admirar a los que no son como uno mismo..), sino los otros, los del tipo J. Me devuelve la esperanza, en muchas cosas, en trabajar con ganas en lo que tenemos entre manos, en ignorar el "ruido y la furia", en deshacer los entuertos (las razones personales, las razones personales, las razones personales....). En fin espero al menos poder hacerele llegar algo de esa confianza al otro J., compañero de viaje, en las tierras bajas del norte de Europa.... Shall see.