Después de más de setenta horas de diluvio continuo y cielo cerrado, por fin deja de llover. Amanece un domingo nublado, quieto, de cielo apesadumbrado, frío pero terso. Poco a poco se van abriendo algunos claros en el cielo y, hacia el oeste, empieza a intuirse la presencia del sol. Un azul intenso y límpido se asoma entonces entre las nubes. Han quedado cúmulos grandes y compactos, apilados hacia arriba. Van pasando deprisa, dirección norte. Algunos de ellos se descuelgan con el movimiento del aire en las capas más bajas y empiezan a oscurecer, anuncian más lluvia. Intento salir a correr pero estoy hecha polvo. Tengo el cuerpo del revés, el cuello completamente rígido y un dolor de cabeza atroz. No consigo dar más de dos pasos. Necesito aire pero me veo obligada a empiltrarme otra vez. Me drogo con un poco de esto y de aquello, y resucito muchas horas después, como de un un abismo negro, frondoso, lleno de ecos. El cielo se ha cubierto de nuevo completamente y antes de que me dé tiempo a llegar a la ventana ya está cayendo agua, como si fuera el fin de la vida, la noche de los tiempos, o simplemente, una presencia sin nombre, sin señas, que irrumpe a lo lejos y lo inunda todo. Los sauces lloran en el horizonte, con sus brazos caídos, melancólica figura, y el viento agita las cuerdas, las cortinas, los papeles en las calles. Apenas hay casi luz, la humedad comba poco a poco todos los libros y papeles. Recuperado el equilibrio, salgo al patio y me cobijo bajo el saliente del tejado viendo cómo cae el agua sobre las hierbas que crecen en las grietas de la pared. Toqueteo todos mis cacharritos, ha bajado mucho la presión, mido el agua que ha caído en las últimas horas y atisbo a lo lejos la presencia de los campos con cierto escepticismo. Me acerco a Newcastle a por libros, periódicos y ruido, gente, movimiento. Luego vemos en casa Atonement, que no la había visto, a pesar de lo mucho que me gustan los libros de Ian McEwan. Me pregunto si de verdad la escritura restaura algo, consigue devolver a la vida lo que le fue robado, si es acaso cierto que escribiendo podemos cambiar en algo el orden de las cosas. No tengo fuerzas para pensar y sin embargo no pierdo el buen humor. He decidido quedarme junto a esta huerta y ver qué pasa. Uno debería suspender la decisión sobre dónde quedarse a vivir hasta haber probado todas las alternativas posibles. Nunca se sabe en qué lugar encontraremos la felicidad, ni cómo. (En fin... como si dependiera de un lugar... Finjamos por un momento que sí). Reconforta encontrase con un sitio en el que las cosas van pasando despacio, de una en una. Un lugar en el que te avisan de que han puesto una nueva señal al final de la calle. Así:
Hoy ha vuelto la luz deslumbrante y el candor de las nubes más blancas. El aire trae un intenso olor a césped recién cortado, a lluvia aún cercana, y perfila con su perfecta transparencia las esquinas de las calles, las lindes de los parques. La hiedra trepa con una constancia geométrica por las lápidas de los cementerios (y aquí hay muchos, están integrados en el tejido de la ciudad, son ya parques, son lugares por los que pasar y parar, mirar, esperar. Los columpios se mezclan con las tumbas, los niños las miran sin prejuicios). Las hortensias crecen espléndidas y generosas a la entrada de las casas. He venido muy temprano a la biblioteca (ya soy una auténtica Durham-girl) y trabajo sin fatiga tras los enormes ventanales que dan al cruce de la South Road con Stockton. Los árboles apenas dejan saber lo que pasa más allá de su tupida presencia. Sus copas van tornando al amarillo y sus hojas fulguran con el arco de luz de la tarde. A ratos el cielo se parece al mar y el mundo da vueltas en todas las direcciones, hablando su tímido lenguaje, desplegando sus maneras de anfibio. Azul es el color de este tiempo que me ampara, de la vida que nos crece, y pasa y sigue y sabe.