miércoles, 27 de agosto de 2008

Llueve sobre la amplia cristalera del Harris Hotel en Tarbert, al norte de la isla. La tarde se diluye en el sabor de un té muy oscuro y cargado, mientras el viento sigue sembrando de misterios los caminos, ladeando el musgo en las tejas de las casas, y el humo de las chimeneas, con su olor a turba quemada, desaparece en seguida en un frío que ya habla el lenguaje de la noche. El cielo devora cuanto toca, con su luz vibrante, metálica, engulle los cuerpos en el horizonte, y dibuja sombras, huellas, desata tormentas y, a ratos, sume todo en la tiniebla. Por el día, los frentes de nubes se suceden a una velocidad de vértigo. Duele casi abrir los ojos, como duelen esos momentos tan llenos de felicidad que a poco nos avergüenzan. Da risa saber tan claramente lo que nos hace felices, risa la forma tan simple en que lo más absurdo es lo que cobra sentido, risa no encontrarse sola en la soledad del fin del mundo, sino al contrario, en casa, arrullada por el bramido de las torrenteras, en valles glaciares de un verde cerrado, intenso, al abrazo de ese olor a caña y ciénaga, lodo, al cobijo de los vientos, en las lindes de los bosques donde mueren, secos, derribados, los últimos pinos. En casa, sí, en la incomprensible, pero tan llena de sentido, extensión ocre de brezales y helechos. Anidé en los arcenes para ver pasar la tormenta, desplazándose de este a oeste en el horizonte, para luego verla chocar con otro frente y acercarse rápidamente, cayendo sobre mí y pasando hacia el sur. Anduve todo lo que pude por la turbera, sobre un lodo tan espeso que asusta ver nuestras propias huellas.