Hay veces que es imposible deshacer la distancia que separa dos cuerpos, trabar una cercanía que invoque presencias, por más que algo haya hilvanado antes, con el hilo común del entendimiento, los destinos, los caminos o el aliento compartido de la noche.
En la palabra que nos falta se aloja la ausencia de ese cuerpo cuya piel se nos antoja océano, estepa, manantial lejano de alguna evidencia que nos contrista. Es un vacío que no halla sutura, una separación que nos instala en la inquietud. Intactos, privados de la piel, dejamos de sentir la nervadura que nos conforma, la trama de nuestra fragilidad, el paisaje de las palabras comunes. Desposeídos de esta piel, el mutismo destila una soledad afligida, apenas un sollozo. Es la manera en que los cuerpos se convocan y arrojan sobre sí, sobre el otro, un redondel de sombra que oscurece la piel, y es, en verdad, la espesura de un silencio que acerca, oculta, desvela. Une y contiene.
En la palabra que nos falta se aloja la ausencia de ese cuerpo cuya piel se nos antoja océano, estepa, manantial lejano de alguna evidencia que nos contrista. Es un vacío que no halla sutura, una separación que nos instala en la inquietud. Intactos, privados de la piel, dejamos de sentir la nervadura que nos conforma, la trama de nuestra fragilidad, el paisaje de las palabras comunes. Desposeídos de esta piel, el mutismo destila una soledad afligida, apenas un sollozo. Es la manera en que los cuerpos se convocan y arrojan sobre sí, sobre el otro, un redondel de sombra que oscurece la piel, y es, en verdad, la espesura de un silencio que acerca, oculta, desvela. Une y contiene.