sábado, 8 de marzo de 2008

Nueces y ruidos (o de la crueldad de pedir un cambio)

"No sabemos para qué viajamos. (...) ¿Acaso no tenemos suficiente soledad sin viajar?"-- inquiere Yuri Andrujovich haciéndose eco de su personaje, en unos auto-comentarios a su propia novela Doce anillos. ¿Y no es genial?
Escribía una tesis entonces, y por si no fuera bastante ya perder de esa manera tan insensata el tiempo (la tesis, no la pregunta, claro está), viajaba a uno y otro lado de los Cárpatos. Pocas cosas ponen tan a prueba nuestros fervores juveniles como el desencanto a que nos arrastra el paso del tiempo. Ninguno de los dioses de nuestro panteón privado suele salir intacto de esos años sumándose en la cuenta de nuestras incredulidades. Ni siquiera el juicio que nos valía la estima que otros nos profesaban entonces resiste la prueba del escepticismo de ahora. "De eso hace ya mucho": dicho así, como prueba irrefutable de que queremos olvidar, modificar nuestra biografía o el lugar que las cosas ocuparon en el pasado y su relevancia en la totalidad de lo que éramos.
Quizá me haya ido y me siga yendo para pensar que las cosas pueden cambiar, o para alejarme de la sensación que me trae acomodarme (¡tan fácil!) en esta casa, en esta ciudad. Apenas soporto ya la constatación de que hay algo que nos mantiene igual a lo que éramos, o que, como mucho, hemos solucionado los problemas con ese estruendo farragoso del lamento, que levanta humo y polvo en la superficie y nos entretiene el presente de ilusiones de futuro, pero que, a fin de cuentas, lo único que consigue de verdad es hacer que todo siga igual. El ruido --frente a las nueces-- nos alivia el paso de los días, con su farfolla y su anestesia nos mantiene ocupados. Nos atareamos ciegamente jugando con la cáscara, rota en mil pedazos del martillazo de la ira, el fracaso o la tristeza, y la nuez, sin embargo, ahí se queda, intacta.
Así veo que se vive, que vivimos (en esto no hay primero que lance la piedra...), a la manera de Lampedusa. Y lo mejor que parece que podemos hacer (es la lección que me llega de dos calles más allá, aunque ¿acaso no nos debemos el beneficio de la compasión?) es que algo cambie para que todo siga igual; tal vez porque sentimos que es mejor quedarnos como estamos, confiando que eso sea ya lo peor que nos vaya a pasar. Somos terriblemente conservadores, la verdad, y eso no lo arregla ni votar con alegría.

También puede suceder --y me temo que todo el problema se reduzca, en verdad, a esto-- que antes no hubiésemos comprendido bien que el vivir como estábamos viviendo nos proporcionaba felicidad; felicidad, claro, que no sabíamos valorar, o a la que anteponíamos otros deseos, que, de repente, la turbulencia de la cáscara rompiéndose descubre como desatinados, irrelevantes, improcedentes. Así que tal vez sea ese mismo humo el que nos haya acabado proporcionando la clave del problema, la nuez. Quizás no hace falta cambiar, sino comprender por qué o en qué estábamos equivocados, sin ver que todo lo que parece que hay que hacer es huir hacia delante...

Aún así. Aún así y a pesar del deber de la compasión y de la compresión, me subleva ese deseo de que todo siga igual. Así que, aunque tampoco sería fácil saber si el que viaja quiere ruido o quiere nueces, me voy me voy me voy me voy me voy....