martes, 15 de enero de 2008

Pruebas (del pasado)

No importa que tengamos delante al mismísimo Marco Polo. Como Kublai Kan, nuestras preguntas tenderán todas a interrogar los motivos de su viaje, a sondear los abismos de su nostalgia. "Esto es lo que quería saber de ti: confiesa lo que contrabandeas: ¡estados de ánimo, estados de gracia, elegías!" (Las ciudades invisibles). Eso, en la versión de Italo Calvino, claro. Pero en la versión cotidiana, suceden encuentros no menos dignos de ficción. Hoy salgo a comprar helado de chocolate, y, bajo el cielo gris, descubro aquello que decía E. De Diego sobre el cine de Tarkovski: "Por fin, un día cualquiera, siendo conscientes de que no estamos solos, de que alguien nos habla con un lenguaje que entendemos, decidimos aprender el sonido de su nombre." Y he rememorado la verdad insustituible de las presencias, los años en que hablar era lo cierto, lo real, la prueba del paraíso, comprender y haber sido comprendido. En el fondo nos pasa que estamos malacostumbrados, lo bueno -lo bueno encontrado a lo largo de los años- nos hace, acaso, perseverar en esa búsqueda, y confiar un poco ingenuamente, como si fuera algo que todos pudieran ofrecernos. Porque de las experiencias del pasado -aquellas en las que hemos aprendido unos cuantos nombres y apellidos- guardamos las pruebas de que algo parecido -o al menos traducible- a lo que somos capaces de decir, existe, es de carne y hueso, y se puede tocar, paladear, vivir con-.
En realidad, la "cicatriz", como en el poema de Rosales, no proviene de la herida del silencio, de la onerosa carga de callar y callar, sino tal vez de lo contrario. De la herida que deja haber sido comprendido, haber podido decir, y saber que lo dicho llega a buen puerto. Algo cambia en el horizonte de nuestras expectativas cuando eso pasa, y proyecta sobre el futuro una sombra, y un peso, difícilmente manejables. Demasiadas expectativas sobre la pobre humanidad que uno a uno sumamos.
En fin, siempre nos quedará The Frames, Virginia Woolf, Malcom Lowry, y aunque ya no esté Ángel González para contarnos cómo pesa lo que somos, cuánto espacio y tiempo hace falta "para que yo me llame....", vendrán otras voces trayéndonos presencias: pruebas del milagro.

Falling slowly

Eran alces, una manada, expulsados del bosque por la tormenta, cayendo extrañamente heridos en medio de las calles inundadas, devorados por alguna enfermedad, o por los súbitos disparos. Una masa indistinguible de árboles tronchados, alces moribundos y agua encharcada, nubes bajas, grúas y coches abandonados. Luego estaba el camino de vuelta entre la lluvia, tres maletas, descifrar lo que le pasa a los otros. La ciudad era del norte. El desconcierto, el de siempre, querer comprender, decir y no saber, no atinar, la dificultad de abrirse camino.
Imagino que ya no va abandonarme esa imagen en todo el día. Los sueños se prolongan más allá de la noche, claro, se apoderan de la jornada, en algo la trastocan; seguimos respirando los olores que allí predominaban y sintiendo las mismas sensaciones que en ellos experimentábamos. Día-sueño, entonces.
Por lo demás, uno no debe de llamar más de tres veces a la misma puerta. Una de verdad, dos de cortesía. Quizá porque somos -queremos ser- ingenuamente perseverantes, no quedarnos con la injusticia de juzgar por nuestra cuenta. Entre el ruido y los malentendidos puede que uno no sepa a ciencia cierta nunca lo que los otros creen, piensan o sienten. Pero con tres silencios basta. En el fondo, los tres toc-toc son sinceros, pues están desprovistos de todo lo que hemos concluido hasta el momento, porque nos resistimos a pensar que los otros no sean capaces de alzar un poco más la voz. ¿Qué más tarea hay si no es ésa? Hacerse inteligibles.
De todas formas, no solemos salir de nuestro asombro en ninguno de ellos. Toc-toc, toc-toc, toc-toc. Luego ya está, carretera y manta. Los afectos cotidianos, la montaña de cosas pendientes, este clima de nieblas por la mañana, el azul pastel por la tarde, la complicidad de las noches.
En fin, hablemos de "Once", esa pequeña maravilla de gestos, voces y presencias por las calles de Dublín, la humedad de sus luces y las miradas creciendo hasta llenarlo todo. Es gratitud contra deseo. Ójala la gente comprendiese más a menudo el significado de esos gestos, lo que va con ellos, la manera en que, de todas formas, ya y para siempre, han reordenado nuestras vidas, y no hace falta más, no hace falta estropear las cosas tontamente. "Take this sinking boat and point it home." I'll sing along.... de eso se trata, mientras van pasando el resto de cosas.
Pero es una lucha perdida, la de la gratitud contra el deseo.

lunes, 14 de enero de 2008

En fin, lo ideal en esta vida sería encontrar en la acera una estrella de mar mientras uno vuelve a casa, por la noche y con la lluvia. O un caballito, también. O una caracola. Aunque teniendo las voces de los amigos, ya está el mar en las aceras. Sí.

sábado, 12 de enero de 2008

De las horas



La tarea es acostumbrarse de nuevo a los viejos escenarios, porque los hemos olvidado más rápido de lo que pensábamos. Acostumbrarse otra vez mientras uno se tropieza con el caos de sus mesas. Verdaderamente parece imposible manejar la insensatez con la que se reproduce este desorden. Mientras, salto de Bouvier a Chatwin, a Leiris, de Kerouac a Kapuscinski, a Segalen, deslizándome con Maqroll el Gaviero, entre las inquietudes de Steinbeck y el desasosiego de Pessoa, sondeando la distancia azul de los viajes, para intentar armar unas cuantas explicaciones, el mapa de los territorios metafísicos que atraviesa lo geográfico. Puede que no haya misterio, que el viajero se ponga en marcha sólo por pura curiosidad... Mais c'est pas si facil que ça, il me semble... qu'est-ce que l'on fait, autrement, avec "le secret désir de métamorphoses tangibles, tant en lui-même que dans le monde extérieur" qui port avec lui le voyager...
El vagabundo no es nada cabal, pero sí pertinaz. De modo que mientras los lugares nos retienen, siempre nos cabrá ver las metamorfosis que la luz y las horas infligen al cielo, a los edificios, al maltrecho orden de las mesas, las ideas.

viernes, 11 de enero de 2008

El silencio suele parecerse a una encrucijada, y hace que no sepamos muy bien por dónde tirar. Lo más sensato suele ser mantenerse en la ruta que traíamos y, en ausencia de explicaciones por parte de los otros, optar por la más sencilla y prosaica, pues con ella se suele acertar. A veces ni siquiera el silencio es una espalda vuelta, es simple despreocupación, intranscendencia, atareamiento. O a veces es sólo la consecuencia de haber sobrepasado el punto del cruce: los demás necesariamente se nos aparecen de espaldas, nuestro movimiento multiplica el suyo y todo parece más lejano. El efecto óptico consiste en una súbita aceleración de los caminos, eso es todo. Continuar por los propios derroteros suele requerir no dejar mucho tiempo en suspensión la decisión sobre el sentido de lo que nos va ocurriendo. Cerrar una historia no es clausurarla, sino optar por una interpretación y seguir tejiendo, en ese punto, con el hilo de los acontecimientos. En determinadas situaciones, eso implica forzar el juicio, y desgraciadamente solemos forzarlo a costa de deformar la imagen de los otros, de manera que el saldo sea positivo para nosotros, para poder contarnos a los otros. En fin, encaje de bolillos con las cosas que pasan, a menudo por encima de lo justo o lo acertado. Lo sabemos, quizá nos estemos equivocando o seamos cicateros en nuestra manera de dar sentido al encuentro con los otros. Pero el silencio nos deja sin versión alternativa de los acontecimientos.
En fin, se diría que Madrid luce espléndido. Hace frío, es verdad, está gris, cierto, tarda mucho en amanecer y esta ausencia de sol nos colma de desconciertos. Pero sabe a té rojo, la humedad de las calles acoge nuestros pasos, nos mece y nos reconforta. Las nubes de la noche absorben el amarillo anaranjado de las farolas, mientras corremos y corremos y respiramos aceleradamnte, después de la lluvia, antes de los libros y las conversaciones. Las conversaciones, hasta que la noche nos vence, y la damos por buena... porque las noches no son nada sin las palabras de los otros.

lunes, 7 de enero de 2008

"La imposibilidad de explicarse entre sí, la ausencia de un espacio lingüístico en el que puedan darse a conocer el uno al otro, porque ni siquiera ellos mismos saben lo que les está sucediendo o cómo compartirlo con el otro para que le excuse y acoja." Inquietante frase de Azúa sobre el no menos inquietante Ian McEwan, esta vez sobre su "On Chesil Beach". Y sigue con gran atino: "Cuando no se puede compartir un fiasco, suele convertirse en objeto arrojadizo". Peligramos, por un momento, al no compartir con buena fe nuestros fracasos. Lo que es cosa de dos, y concierne a "sendos", que diría Marías, no puede ser resuelto por uno. Peligramos y no siempre nos enmendamos. Queda el alivio de que, a veces, el peligro se resuelve con olvido.
La cosa, por supuesto, no termina aquí (pues, ¿sirve el olvido para sobreponerse a la decepción?), pero hoy no concluyo la exégesis cotidiana, y así me lo cuentas tú, que fuiste y serás siempre la que tira del hilo.... "flecos sueltos", Güen, Güen, Güen...

Yesterday... I gave you a hug, Clementine

Hay abrazos que son para todos. Se los da uno a una persona en concreto, pero sabe que ese abrazo llega a muchas más, a todas las que se quieren entre ellas, o a partir de esa persona. Viajan los abrazos más allá de los cuerpos que abrazamos, así lo queremos soñar al menos. Y así lo vi ayer en la tarde con humo, en el Pepe Botella.
De lo demás, es mejor huir, de los que no se dejan abrazar, de los que no hablan ni se dejan decir en los demás, los que no aprendieron a darse, a contarse, a hacer que las cosas lleguen, a cuidar o atender, a preocuparse, a sentirse concernidos. Y es mejor no intentar explicarles nada de esto.
"All The Night Without Love", como en la canción de Elvis Perkins. Hay cuerpos que sólo se chocan, que se suceden y se fatigan en noches absurdas de encontronazos, de frío escenificado en conquista, y todo es vano. Pero uno se da cuenta tarde de los errores. E incluso a veces uno se encuentra queriendo abrazar a esa gente contra su propia voluntad, en la incoherencia de saber que es inútil, y acaso es sólo la curiosidad que nos despierta esa gente que parece ser cabal y sin embargo no hay nada, nada que podamos encontrar, nada que sepan decirnos, así como no hay nada de lo que tenemos que ofrecer que pueda parecerles valioso. Se diría que hay abrazos vanos, pero no es cierto, quizá sólo haya errores de percepción y abrazos que no llegan a darse porque no tendrían lugar, sentido.

sábado, 5 de enero de 2008

Désormais

"A veces irrumpe un callado mal sin porqué suficiente, aunque haya indicios y razones, un aburrimiento, una herida, una quiebra que no son una depresión, que son simple y sencillamente un dolor. No reside en miembro alguno, se parece a una desarticulación, a una parte que se hace con todo, a un desenlace previo. No nos pertenece y parece más nuestro que cualquier posesión. Nos duele en un singular que es propio. No es donde lloramos, sino adonde van a parar las lágrimas que no brotan, los amores que no vivimos, los hijos que no tenemos, las palabras que no decimos, las cartas que no escribimos, o donde se reciben las que no nos envían. Un singular para la espera sin expectativa.
Nadie sabrá jamás eso que no se deja recoger en saber alguno. Ahora bien, no es sólo una sensación o un sentimiento. Es una incompatibilidad. Tiene la fuerza de una verdad y nos envuelve y nos arroja con un frío nuevo. Y aprendemos una difícil lección. Entonces valoramos la amistad y la comunicación porque en tal situación se manifiesta lo que quizá nunca podremos contar, lo que no es posible ofrecer en relato alguno. Sólo hallaremos, en su caso, el calor de la acogida, la compañía en esa intemperie, y no vale hacerse la víctima. Es tan nuestro que responde a lo que nos constituye.
Cuando duele el alma, los ojos no destellan necesariamente tristeza. En ocasiones, miran con más vehemencia, como deseando materializar un objeto, una causa, un problema, algo que afrontar, como deseando comprender. Es la entrada intensa del vacío, de otra forma de soledad. Es como si hubiéramos extraviado algo que quizá nunca poseímos, como si, abandonados, nos halláramos perdidos, nos encontráramos a nosotros mismos y, más aún, pudiéramos reconocer que no cabe la fuga." Ángel Gabilondo, Alguien con quien hablar.
Tantas veces gritando esos susurros, ese secreto a voces para el que apenas llegan las palabras, allí donde duele la mañana, donde la tarde no consigue crecer, esa aguda sensación de la incompletud que nos encierra y nos aisla, que tan violentamente a veces nos hace trazar una línea entre nosotros y el mundo, y nos deja varados. ¿Comprendes ahora qué hay en mi mirada, por qué las palabras, tantas palabras, su presencia excesiva, obsesiva, repetitiva? Hay que dar forma a la levedad de ese dolor, asirlo, hacerlo presente, contundente, para así poder comprenderlo. Si lo dejas flotar, te acabará llevando en su vuelo, lejos, donde sólo hay silencio, incomprensión, rabia, acaso. Si lo traes a la tierra, si lo ofreces, si le das nombre entre el común de los mortales, empieza a hacerse habitable, común, cabal, razonable. Por eso Lucía, por eso esto, por eso las cartas, los globos, la excusa de tu nombre o tu situación, para alcanzar a tocar, a saber, para compartirse en la tarea cotidiana de sobreponerse.
Me preguntaba qué sería ahora de Lucía, de las vísperas, de tus globos y de los milagros, de este hueco en un océano que ya no nos separa. Me preguntaba.... y quizás, sin saberlo, llega sola la respuesta. No hay más que seguir aprehendiendo la nube del dolor que nos lleva lejos, fatigar el horizonte de nuestro propio desconcierto y batallar... por dar forma y realidad a la cercanía. La proximidad que nos sustenta, nos alienta y da cobijo.

viernes, 4 de enero de 2008

Para no terminar de irse, para no llegar a volver

Quizá es cuestión de tiempo aterrizar del todo. Cambiamos los relojes, ajustamos las luces y nos acostumbramos al nuevo tacto del viento, recordamos y revivimos el frío que nos quemaba los pulmones a última hora corriendo en El Retiro (como si cansando el cuerpo dejáramos descansar la mente). Vuelve el cuerpo a las calles de siempre y hay algo en nosotros que, sin embargo, se resiste a volver. Tampoco es que queramos irnos para siempre: pronto acamparíamos en ese allí y maldeciríamos la previsibilidad del nuevo aquí. Se trata simplemente de escaquearse, de robar aún cinco minutos más al día, a la tediosa obligación de ser (y ser consistentes) para corretear, andorrear, cazcalear, descubrir, extraviarse y dejar que sean los demás quienes nos encuentren y nos devuelvan a la razón perdida.
"Dolores de palabra", dice Ángel Gabilondo. "Uno tiene a veces dolores de palabra, y hay veces que uno no puede dormir por una palabra que le falta". Dormir, conquistar el descanso de haber llegado a decir, a tocar, haber colmado al otro de las palabras que necesitaba, saberse atinado en la palabra y el afecto, y haber recibido eso que no acaba de llegar... La palabra en la que dormimos nuestras inquietudes... ¿Nos la dirá alguien alguna vez? ¿Cúan lejos o cuán cerca hay que irse para tocar o que nos toquen "lo intocable que hay en cada uno de nosotros"?.

jueves, 3 de enero de 2008

Madrid-California-Madrid

¿Qué es lo que hace a los seres humanos huir de sus propios extravíos, mirar a otra parte, no querer enfrentarse a su propia confusión? ¿Miedo, costumbre, pereza, falta de curiosidad, flaqueza? No es que se trate de poner orden en el pequeño gran caos vital con el que todos convivimos, en el azoro, las contradicciones, la extrañeza de no terminar de saber quiénes somos o qué queremos, hacia dónde nos dirigimos; se trata más bien de saber que ahí está, sin darle mayor importancia; se trata de que nos permitamos reconocérnoslo, y reconocerlo como nuestro -- aunque a la vez que propio sea también ajeno, pues convoca a los demás, y en él se ven reflejados a veces, consiguen entenderse a poquitos, porque les concierne o sufren sus consecuencias--. Desde donde yo veo las cosas se trataría de compartir la confusión una vez que llega, y sin duda llegará, y no sentarse a esperar que pase, como si cambiar de sitio o de compañía fuera a llevarse la niebla. La cosa es bien simple, todo es más humano y trivial, la mirada que acoge, el hombro que apoya, saberse frágil, pedir ayuda, hacerse perdonar.
Y aún así se cruza una con quien todavía le gana a dureza, y como si fuera un acto reflejo, el chico espanta la mosca, la duda, la herida, las emociones contrapuestas. ¿Tanto cuesta sentarse y comprender, sentarse y hablar, sentarse y mirar de frente la marea de las cosas inciertas, de los contrasentidos, de los enredos, de los extravíos?
En fin, con el tiempo pasando y cayendo, llevo las alforjas llenas de serenidad. Da pena no poder comprender o que las cosas no lleguen (o no tener el lenguaje adecuado con que hacer llegar las cosas), pero me quedo tranquila, en el muelle de la bahía, sonriendo, porque la vida es generosa. Road friendship.